Aferrados agónicamente al borde del planeta, tal como nos encontramos al empezar este siglo XXI, hay que formularse con todo rigor una pregunta decisiva: ¿es cierto, sólidamente cierto, que la absoluta libertad de mercado es beneficiosa para la salud moral y material de la sociedad? Antes de insistir en la esencia de esa libertad ¿no sería necesario reflexionar primero sobre la igualdad de oportunidades que dice facilitar ese mercado, la justa satisfacción de las necesidades de cada ciudadano o pueblo y la real posibilidad de esos ciudadanos y de esos pueblos para lograr una vida plenamente responsable? Si echamos un vistazo somero sobre el panorama de la sociedad que domina ese mercado, el resumen de lo observado es visiblemente amargo y catastrófico. Pues bien, ¿esa situación catastrófica es fruto de una inexistente o incompleta libertad de mercado o, por el contrario, deriva de una incapacidad de esa libertad para garantizar una mínima y serena satisfacción vital a las masas? Tal como está concebido hoy el mercado según sus líderes ideológicos, ¿no parece el responsable de los múltiples dramas existenciales que padece el mundo?
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